David Copperfield

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–La señora Chillip llega a afirmar –continuó– que lo que esa clase de personas llaman su religión no es más que una salida para sus malos humores y su arrogancia. Y debo decirle, señor –agregó, ladeando suavemente la cabeza–, que no encuentro nada en el Nuevo Testamento que justifique el comportamiento del señor y de la señorita Murdstone.

–Tampoco yo lo he encontrado nunca –afirmé.

–Mientras tanto, señor –manifestó el señor Chillip–, la gente los detesta; y como los dos hermanos condenan sin el menor recato a la perdición a todo aquel que no simpatiza con ellos, ¡tenemos muchas almas perdidas en la región! Sin embargo, como dice la señora Chillip, señor, en su pecado llevan la penitencia; pues se pasan la vida reconcomiéndose, y eso no puede ser bueno. Y ahora, señor, volviendo a su cerebro, si no le importa, ¿no cree que lo expone a demasiada excitación?

No me costó nada, dada la excitación del cerebro del señor Chillip después de sus libaciones, desviar la conversación hacia sus propios asuntos, de los que habló durante la siguiente media hora con gran locuacidad; y me dio a entender, entre otras cosas, que se encontraba en el café de Gray’s Inn para declarar como médico ante una comisión[125] encargada de investigar el estado mental de un enfermo al que el exceso de alcohol había vuelto loco.


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