David Copperfield
David Copperfield –Y le aseguro, señor –exclamó–, que me pongo muy nervioso en esa clase de situaciones. No puedo soportar sentirme, como suelen decir, intimidado. Me descompone. ¿Sabe que tardé bastante en recuperarme de la conducta de aquella inquietante señora que apareció la noche de su nacimiento, señor Copperfield?
Le conté que irÃa a ver a mi tÃa, el dragón de aquella noche, al dÃa siguiente muy de mañana; y que era una de las mujeres más cariñosas y buenas del mundo, como podrÃa comprobar si la conociera mejor. La simple idea de semejante eventualidad pareció aterrorizarle. Me respondió con una pálida sonrisa: «¡Oh! ¿De veras, señor? ¿Es eso cierto?», y se apresuró a pedir una vela e irse a la cama, como si éste fuera el único lugar seguro donde refugiarse. No puedo decir que se tambaleara bajo los efectos del jerez; pero no me extrañarÃa que su tranquilo pulso tuviera dos o tres pulsaciones más por minuto que la famosa noche en que, en medio de su decepción, mi tÃa le golpeó con su sombrero.