David Copperfield

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–¿Y cuándo piensas ir a Canterbury, Trot? –me preguntó, dándome unos golpecitos en el dorso de la mano mientras charlábamos, como en los viejos tiempos, junto a la chimenea.

–Tengo intención de alquilar un caballo y acercarme mañana por la mañana, tía; a no ser que quiera usted venir conmigo.

–¡No! –contestó ella, con su brusquedad habitual–. Me quedaré donde estoy.

Le dije entonces que iría a caballo. Y que habría sido incapaz de pasar por Canterbury sin detenerme si no hubiera estado tan impaciente por verla.

Me escuchó complacida, pero repuso:

–¡Vamos, Trot! ¡Mis viejos huesos habrían aguantado hasta mañana! –y volvió a acariciarme la mano mientras yo contemplaba pensativo el fuego.

Sí, pensativo; pues no podía estar allí de nuevo, tan cerca de Agnes, sin que renacieran en mí aquellos sentimientos que tanto tiempo me habían atormentado. Tal vez se hubieran suavizado, y me hubiesen enseñado lo que yo no había sabido aprender cuanto tenía aún toda la vida por delante, pero seguían siendo dolorosos. «¡Ay, Trot!–creí oírle decir otra vez a mi tía–. ¡Estás ciego, ciego, ciego!» Pero ahora comprendía sus palabras.


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