David Copperfield

David Copperfield

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Guardamos silencio durante algunos minutos. Cuando levanté la mirada, vi que me observaba atentamente. Es posible que hubiera adivinado el hilo de mis pensamientos; pues yo tenía la impresión de que ahora eran muy fáciles de seguir, después de su obstinación de antaño.

–Encontrarás a su padre convertido en un anciano de pelo blanco –señaló mi tía–, pero está mucho mejor en todos los sentidos. Se ha recuperado por completo. Ya no lo verás medir con su pequeña y mísera regla todos los intereses, las alegrías y las penas humanas. Créeme, hijo mío, esas cosas hay que reducirlas mucho para poder medirlas de ese modo.

–Tiene razón, tía –respondí.

–En cuanto a ella –prosiguió mi tía–, la encontrarás tan bondadosa, bella, sensata y generosa como siempre. Y si conociera elogios mayores, Trot, no dudaría en dedicárselos.

No había elogios mayores para ella; ni reproches peores para mí. ¡Cómo podía haber perdido el norte de ese modo!

–Si enseña a sus alumnas a ser como ella –dijo mi tía, con tanto fervor que incluso se le llenaron los ojos de lágrimas–, ¡bien sabe Dios que habrá empleado bien su vida! Será útil y muy feliz, como nos dijo aquel día. ¿Y cómo iba a ser de otro modo?


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