David Copperfield
David Copperfield –¿Tiene Agnes algún…? –era como, si en vez de hablar, pensara en voz alta.
–¿Y bien? ¿Algún qué? –preguntó mi tÃa, con brusquedad.
–Algún pretendiente –contesté.
–¡A montones! –exclamó ella, con una especie de orgullo indignado–. ¡HabrÃa podido casarse veinte veces, querido, desde que te marchaste!
–Sin duda –respondÖ. Sin duda. Pero ¿tiene algún pretendiente digno de ella? Agnes no podrÃa amarlo si no fuera asÃ.
Mi tÃa se quedó pensativa unos instantes, con la barbilla apoyada en la mano. Después, levantando muy despacio sus ojos hacia mÃ, dijo:
–Sospecho que está enamorada de alguien, Trot.
–¿Y éste le corresponde? –quise saber.
–No lo sé, Trot –replicó mi tÃa, gravemente–. No tengo ningún derecho a hablar de esto. Ella jamás me lo ha confesado, no es más que una sospecha mÃa.
Me contempló con tanta atención e inquietud (incluso la vi temblar) que tuve, más que nunca, la sensación de que habÃa leÃdo mis últimos pensamientos. Dirigà un llamamiento a todas las resoluciones que habÃa tomado a lo largo de tantos dÃas y de tantas noches, y con tanta zozobra en el corazón.