David Copperfield

David Copperfield

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–Tenía un corazón dulce y cariñoso –señaló–, y él se lo rompió. Yo sabía muy bien cuán grande era su ternura. ¿Quién iba a saberlo mejor que yo? Me amaba, pero no era feliz. Se fue consumiendo de dolor, en silencio; y cuando su padre la rechazó por última vez, como había hecho no una sino muchas veces, languideció y abandonó este mundo. Me dejó a Agnes, que sólo tenía dos semanas; y el cabello entrecano con que me conociste.

Besó a Agnes en la mejilla.

–El amor que me inspiró mi hija era enfermizo, pero mi espíritu se hallaba muy alterado. Y ahora dejaré ese asunto, Trotwood. No quiero hablar de mí, sino de Agnes y de su madre. Si te doy alguna pista de lo que soy, o de lo que he sido, no tardarás en descubrirlo. No es necesario que te diga lo que es Agnes. En su carácter, he visto siempre reflejada la historia de su infortunada madre; y lo digo esta noche en que los tres volvemos a reunirnos después de tantas vicisitudes. Y eso es todo.

La cabeza inclinada del padre, y el rostro angelical y la devoción de la hija acentuaban el patetismo del relato. Si hubiera necesitado algo especial para recordar esa velada, lo habría encontrado en aquella escena.


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