David Copperfield
David Copperfield –¿Sabes, Agnes? Es extraño, pero lo que ha contado esta noche tu padre –dije– parece armonizar con el sentimiento que me inspiraste la primera vez que te vi… y cuando, siendo un torpe colegial, me sentaba a tu lado.
–SabÃas que no tenÃa madre –respondió con una sonrisa–, y me mirabas con buenos ojos.
–HabÃa algo más, Agnes. SabÃa, casi con la misma certeza que si hubiera conocido esa historia, que algo inexplicablemente dulce y amable te envolvÃa; algo que tal vez hubiera sido doloroso en otra persona (como ahora sé que habÃa ocurrido), pero que en ti no lo era.
Siguió tocando el piano suavemente, sin dejar de mirarme.
–¿Vas a burlarte de mis fantasÃas, Agnes?
–¡No!
–¿Te reirás si te digo que, incluso entonces, estaba convencido de que sabrÃas ser leal y cariñosa contra todo desaliento, y de que seguirÃas siéndolo hasta tu muerte? ¿Te reirás de semejante sueño?
–¡Oh, no! ¡No!
Durante unos instantes, una sombra de pesar cruzó por su rostro; pero desapareció antes de que tuviera tiempo de sobresaltarme. Y Agnes continuó tocando, mientras me miraba con su serena sonrisa.