David Copperfield
David Copperfield Entre esa correspondencia, se deslizaban a veces generosas propuestas de alguno de los innumerables intrusos que merodeaban por los Commons, y que pretendían ejercer la profesión en mi nombre (si yo daba los últimos pasos necesarios para convertirme en procurador eclesiástico), a cambio de un porcentaje de los beneficios. Pero yo declinaba esas ofertas. Había demasiados impostores de ese tenor, y los Commons estaban ya suficientemente deteriorados, sin que yo hiciera nada para empeorarlos.
Las hermanas de Sophy se habían marchado a Devonshire cuando mi nombre apareció en la puerta de Traddles; y el muchacho con aire despierto simulaba no conocer la existencia de Sophy, que vivía encerrada en una habitación trasera, desde la que divisaba, al levantar la vista de su trabajo, una pequeña franja de jardín, negra de hollín, con una bomba. Pero siempre estaba allí, alegre y hacendosa; tarareando baladas de Devonshire cuando nadie subía las escaleras, y adormeciendo con aquellas melodías en su habitáculo oficial al muchacho con aire despierto.