David Copperfield
David Copperfield –El Veintiocho –contestó mi informador mientras avanzábamos por el pasillo, hablando en voz muy baja y mirando sin cesar por encima del hombro, a fin de que Creakle y los demás no le oyeran decirme algo tan ilÃcito de aquellos dos seres inmaculados–, el Veintiocho (condenado, asimismo, a la deportación) entró al servicio de un joven caballero, al que robó doscientas cincuenta libras en dinero y objetos de valor una noche antes de salir juntos para el extranjero. Recuerdo especialmente su caso, pues le detuvo una enana.
–¿Una qué?
–Una mujer diminuta. He olvidado su nombre.
–No se llamarÃa Mowcher, ¿verdad?
–¡En efecto! HabÃa logrado burlar la justicia y se disponÃa a embarcar para América con peluca y bigotes muy rubios, y el mejor disfraz que uno pueda imaginar, cuando la mujer diminuta se encontró con él en una calle de Southampton. Lo reconoció al instante, se metió entre sus piernas para hacerle perder el equilibrio y se agarró a él con todas sus fuerzas.
–¡Admirable señorita Mowcher!