David Copperfield
David Copperfield Habíamos visto ya todo lo que había que ver. Habría sido inútil tratar de explicar a un hombre como el honorable señor Creakle que el Veintisiete y el Veintiocho eran de lo más consecuentes e inalterables, que seguían siendo los mismos de siempre, que quienes hacían esa clase de confesiones en un lugar así eran precisamente los rufianes más hipócritas, que conocían muy bien cuánto se cotizaba su actitud y lo que les ayudaría en el momento de ser deportados; en una palabra, que todo aquel asunto estaba podrido, resultaba inútil y dejaba una impresión penosa. Y los abandonamos allí con su sistema y con ellos mismos, y regresamos a casa totalmente asombrados.
–Tal vez sea bueno, Traddles –dije–, galopar a lo loco en un caballito de madera defectuoso; así se rompe antes.
–Eso espero –replicó Traddles.