David Copperfield
David Copperfield –Me fui amándote de Inglaterra, mi querida Agnes. Seguà amándote mientras estuve fuera. ¡Y regresé amándote a casa!
Entonces traté de contarle la lucha que se habÃa desatado en mi interior, y la conclusión a la que habÃa llegado. Traté de desnudar mi alma ante ella, sinceramente y sin reservas. Traté de explicarle cómo habÃa creÃdo alcanzar un mejor conocimiento de ella y de mà mismo, cómo me habÃa resignado a lo que habÃa creÃdo comprender, y cómo habÃa ido siempre a su casa, incluso aquel dÃa, fiel a mi resolución. Si ella me amaba lo suficiente, le dije, para aceptarme por esposo, no serÃa por méritos mÃos sino gracias a la sinceridad de mi amor por ella, y al sufrimiento que lo habÃa hecho madurar; y eso me habÃa empujado a revelárselo. ¡Oh, Agnes! Y tuve la sensación de que el alma de mi mujer-niña me miraba a través de sus sinceros ojos y aprobaba mi acción, ¡despertando en mà los recuerdos más dulces de la Flor que se habÃa marchitado nada más abrirse!
–Soy tan dichosa, Trotwood… la felicidad embarga mi corazón… pero tengo que decirte algo.
–¿Qué, mi amor?
Apoyó sus suaves manos en mis hombros y contempló serenamente mi rostro.
–¿Acaso no lo sabes todavÃa?