David Copperfield

David Copperfield

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–Me da miedo hacer conjeturas. Dímelo tú, corazón.

–¡Te he querido toda mi vida!

¡Éramos felices, muy felices! No llorábamos por las adversidades que habíamos tenido que afrontar (sobre todo ella) hasta llegar a aquel momento, ¡sino por el júbilo de estar como estábamos y de no tener que volver a separarnos!

Aquel atardecer de invierno, paseamos juntos por el campo; e incluso el aire glacial pareció participar de nuestra serena alegría. Las primeras estrellas empezaron a brillar y, alzando nuestros ojos hacia ellas, dimos gracias a Dios por habernos guiado hasta aquel sosiego.

Cuando anocheció, los dos nos acercamos a la vieja ventana, bajo el resplandor de la luna; Agnes levantó la vista hacia el Cielo, mientras yo seguía su mirada. Y apareció ante mí un largo camino, por el que avanzaba penosamente un exhausto y harapiento muchacho, solo y desamparado, que llegaría a llamar suyo a un corazón como el que ahora latía junto al mío.

Era casi la hora de cenar cuando, al día siguiente, llegamos a casa de mi tía. Peggotty nos dijo que se hallaba en mi estudio, pues era un orgullo para ella tenerlo siempre en orden y listo para recibirme. La encontramos con las gafas puestas, delante de la chimenea.


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