David Copperfield
David Copperfield –¡Dios mÃo! –exclamó mi tÃa, tratando de ver algo en la oscuridad–. ¿Quién viene contigo?
–Agnes –contesté.
Como habÃamos acordado no decir nada al principio, mi tÃa se quedó bastante desconcertada. Me habÃa mirado llena de esperanza cuando me oyó responder «Agnes», pero, al verme tan tranquilo como siempre, se quitó las gafas con desesperación y se frotó la nariz con ellas.
Recibió a Agnes, sin embargo, con gran cordialidad; y no tardamos en bajar a cenar al bien iluminado comedor. Mi tÃa se puso dos o tres veces las gafas para mirarme, pero se las volvió a quitar desilusionada y se frotó la nariz con ellas (para gran consternación del señor Dick, que sabÃa que era un mal sÃntoma).
–A propósito, tÃa –exclamé, después de cenar–; he hablado con Agnes de lo que me dijiste.
–Entonces, Trot –replicó ella, roja como la grana–, has obrado muy mal y has faltado a tu promesa.
–No vas a enfadarte por eso, ¿verdad? Te alegrará saber que Agnes no tiene ningún amor desgraciado.
–¡Qué tonterÃas dices! –protestó.