David Copperfield
David Copperfield Me contaron que había un alumno, hijo de un comerciante de carbón, a quien habían admitido para ahorrarse el pago de dicho combustible, por lo que recibía el apodo de «Canje o Trueque», términos sacados del libro de aritmética y que explicaban esa clase de operación. Oí que la cerveza servía para robar a los padres; y el budín, para estafarlos. Me enteré de que todo el internado creía que la señorita Creakle estaba enamorada de Steerforth; y lo cierto es que, mientras, en medio de la penumbra, pensaba yo en la agradable voz del muchacho, en su hermoso rostro, en sus modales desenvueltos y en su cabello ensortijado, no me pareció nada extraño. Mis compañeros aseguraron que el señor Mell no era mala persona, pero que no tenía donde caerse muerto; y que no cabía la menor duda de que la anciana señora Mell, su madre, era tan pobre como el santo Job. Me acordé entonces de mi primer desayuno con él, y de que me había parecido oír: «¡Mi Charley!». Pero recuerdo con satisfacción que no dije una sola palabra.
Nuestro festín había terminado hacía tiempo y yo seguía escuchando todo esto y muchas cosas más. La mayoría de los invitados se habían ido a sus camas, después de acabar golosinas y bebidas; y nosotros, que nos habíamos quedado cuchicheando, medio vestidos, decidimos finalmente seguir su ejemplo.
–Buenas noches, joven Copperfield –dijo Steerforth–. Yo cuidaré de ti.