David Copperfield
David Copperfield –Es muy amable –respondà complacido–. No sabe cuánto se lo agradezco.
–¿Tienes alguna hermana? –preguntó entonces, bostezando.
–No –contesté.
–¡Qué lástima! –exclamó él–. De ser asÃ, estoy seguro de que hubiera sido una muchacha muy bonita, tÃmida, menuda y de ojos expresivos. Me habrÃa gustado conocerla. Buenas noches, joven Copperfield.
–Buenas noches, señor –repliqué.
Estuve pensando mucho rato en él, una vez acostado, y recuerdo que me incorporé para mirar cómo dormÃa a la luz de la luna, con su hermoso rostro vuelto hacia arriba y la cabeza apoyada descuidadamente en su brazo. Era un gran personaje para mÃ; ése era el motivo de que ocupara mis pensamientos. Los oscuros secretos del porvenir no se reflejaban, ni siquiera vagamente, en su semblante iluminado por la luna. Ni una sombra iba unida a sus pasos, mientras yo caminaba en sueños por un jardÃn.