David Copperfield
David Copperfield Las mejillas y los brazos de Peggotty, tan prietos y enrojecidos en mis dÃas infantiles, cuando no podÃa dejar de sorprenderme que los pájaros no los picotearan más que a las manzanas, están llenos de arrugas; y sus ojos, tan negros que parecÃan oscurecer todo su rostro, son más pálidos (aunque aún conservan su brillo); pero su rugoso y encallecido dedo Ãndice, que antaño asociaba con un pequeño rallador de nuez moscada, sigue igual; y, cuando veo a mi hijo menor agarrarse a él, mientras se dirige con paso vacilante desde mi tÃa hasta Peggotty, recuerdo el pequeño gabinete de nuestra casa, cuando yo apenas sabÃa andar. La vieja decepción de mi tÃa es cosa del pasado. Es la madrina de una verdadera Betsey Trotwood; y Dora (nuestra siguiente hija) asegura que la mima demasiado.
Hay algo muy voluminoso en el bolsillo de Peggotty. Se trata nada menos que del libro de los cocodrilos, bastante deteriorado, pues muchas de sus páginas han sido arrancadas y cosidas de nuevo; pero Peggotty se lo enseña a los niños como si fuera una preciosa reliquia. Me parece muy curioso ver mi propio rostro infantil, mirándome desde los cuentos de cocodrilos; y que él me recuerde mi vieja amistad con Brooks de Sheffield.