David Copperfield

David Copperfield

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Al lado de mis hijos varones, durante estas vacaciones estivales, veo a un anciano que fabrica enormes cometas y contempla cómo se elevan en el aire con indecible felicidad. Me saluda con entusiasmo y me susurra, con toda clase de guiños y de cabeceos:

–Trotwood, te alegrará saber que terminaré el memorial cuando no tenga otra cosa que hacer, y que tu tía ¡es la mujer más extraordinaria del mundo!

¿Quién es esa dama encorvada, apoyada en un bastón, en cuyo rostro se advierten las huellas de un orgullo y de una belleza hoy desaparecidos y que luchan débilmente con los desvaríos quejumbrosos, lunáticos e impacientes de su cabeza? Está en un jardín; y cerca de ella, hay una mujer delgada, morena, marchita, con una cicatriz cenicienta en el labio. Oigamos lo que dicen:

–Rosa, he olvidado el nombre de este caballero.

Rosa se inclina hacia ella y le responde que soy el señor Copperfield.

–Me alegro de verlo, señor. Lamento que esté de luto. ¡Espero que el tiempo le sirva de consuelo!

Su fogosa acompañanta la reprende, le dice que no estoy de luto, le pide que me mire de nuevo, intenta que recobre algo de lucidez.

–¿Ha visto a mi hijo, caballero? –pregunta la anciana–. ¿Se han reconciliado ustedes?


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