David Copperfield
David Copperfield ¡O tal vez esto sea el desierto del Sáhara! Pues, aunque Julia posee una magnÃfica mansión, se codea con lo mejor de la sociedad y ofrece todos los dÃas suntuosos banquetes, no veo nada que verdee a su alrededor; nada que pueda convertirse nunca en un fruto o en una flor. Veo lo que Julia denomina «la sociedad»; en ella está el señor Jack Maldon, de la agencia de patentes, burlándose de la mano que le ayudó a conseguirla, y hablándome del doctor como de un hombre «tan deliciosamente anticuado». Pero cuando «la sociedad», Julia, es el nombre que reciben unos caballeros y unas damas tan superficiales, y cuando su educación no es más que una declarada indiferencia a todo lo que significa progreso o retroceso del ser humano, creo que nos hemos perdido en el desierto del Sáhara, y lo mejor que podemos hacer es salir de él.
Y aquà está el doctor, nuestro leal y buen amigo, trabajando en su diccionario (en algún lugar de la letra D) y muy feliz en su hogar, con su mujer. Y también el Viejo Soldado, considerablemente disminuida y ¡muy lejos de tener la influencia de antaño!
Más tarde encuentro en su despacho del Temple a mi viejo y querido amigo Traddles, muy atareado; y sus cabellos (allà donde no se ha quedado calvo) parecen más rebeldes que nunca por el roce constante de su peluca de abogado. Su mesa está llena de montones de documentos, y yo le digo, mirando a uno y otro lado: