David Copperfield
David Copperfield –Si Sophy fuera ahora tu escribiente, Traddles, ¡cuánto trabajo tendrÃa!
–¡Tienes razón, mi querido Copperfield! Pero ¡qué felices fueron aquellos dÃas de Holborn Court! ¿No crees?
–¿Cuando Sophy te decÃa que llegarÃas a ser juez? ¡Pero entonces no era la comidilla de la ciudad!
–En cualquier caso –contesta Traddles–, si algún dÃa lo soy…
–¡Sabes de sobra que lo serás!
–Está bien, mi querido Copperfield, cuando lo sea, contaré esa historia, tal como prometà entonces.
Nos alejamos del brazo. Voy a cenar a casa de Traddles. Es el cumpleaños de Sophy; y, por el camino, Traddles me comenta la suerte que ha tenido.
–He podido hacer verdaderamente, mi querido Copperfield, lo que más deseaba. El reverendo Horace fue ascendido y obtiene unos emolumentos de cuatrocientas cincuenta libras al año; nuestros dos hijos están recibiendo la mejor educación posible, y se distinguen por su seriedad en los estudios y por su simpatÃa; tres de las hermanas de Sophy hicieron una buena boda; otras tres viven con nosotros; y las otras tres cuidan de la casa del reverendo Horace desde la muerte de la señora Crewler; y todas son felices.
–Excepto… –insinúo.