David Copperfield

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–Excepto la Beldad –prosigue Traddles–. Sí. Fue una lástima que se casara con semejante aventurero. Pero hubo algo en él que la deslumbró. Con todo, ya está a salvo en casa, y nos hemos librado de él; tenemos que animarla entre todos.

La casa de Traddles es una de aquellas mansiones que él y Sophy acostumbraban a distribuir en sus paseos nocturnos. Es muy espaciosa; pero Traddles guarda los documentos en el vestidor, y las botas con los documentos; y él y Sophy viven apretados en la buhardilla para dejar las mejores habitaciones a la Beldad y a las otras hermanas. No queda ningún cuarto libre en la casa, pues, por un motivo o por otro, siempre hay más «muchachas» de las que yo acierto a contar. Cuando entramos, una infinidad de ellas corren a la puerta, y dan tantos besos a Traddles que lo dejan sin aliento. La pobre Beldad se ha instalado para siempre con ellos, pues es viuda y tiene una niña. Como es el cumpleaños de Sophy, han venido a cenar las tres hermanas casadas con sus maridos, y el hermano de uno de los maridos, y el primo de otro, y la hermana de otro, que tengo la impresión de que está comprometida con el primo. Traddles, tan sencillo y natural como siempre, se sienta, como un patriarca, en la cabecera de la enorme mesa; y Sophy lo mira radiante desde el otro extremo, por encima de una alegre superficie que, desde luego, no brilla con metal de Britania.


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