David Copperfield
David Copperfield Steerforth siguió protegiéndome, y demostró ser un compañero muy útil, pues nadie se atrevía a importunar a quienes él honraba con su amistad. Es cierto que no podía defenderme (o, al menos, se abstenía de hacerlo) del señor Creakle, que era sumamente severo conmigo; pero, siempre que me habían maltratado más de lo habitual, decía que me faltaban agallas, y que él jamás habría tolerado aquello. Yo tenía la impresión de que, con sus palabras, sólo pretendía infundirme valor, por lo que le estaba muy agradecido. La severidad del señor Creakle tuvo una única ventaja, que yo sepa, para mí. Cuando pasaba por detrás del banco donde me sentaba y quería propinarme un golpe, el cartel que llevaba en la espalda le molestaba; por ese motivo, no tardó en quitármelo, y jamás volví a verlo.
Una circunstancia imprevista fortaleció aún más mi intimidad con Steerforth, de un modo que me llenó de orgullo y satisfacción, aunque no dejaba de tener sus inconvenientes. Un día en que estaba hablando conmigo en el patio (lo que era un honor para mí), me aventuré a afirmar que algo o alguien, no recuerdo exactamente qué, se parecía a algo o a alguien de Peregrine Pickle. Steerforth no dijo nada entonces, pero, por la noche, cuando iba a acostarme, me preguntó si tenía ese libro.
Le respondí que no, y le expliqué por qué motivo lo había leído; le hablé, asimismo, de las otras obras que ya he mencionado.