David Copperfield
David Copperfield Era maravilloso ver cómo el señor Peggotty se emocionaba al hablar de su pequeña princesa. Lo veo de nuevo ante mí, con su rostro velludo y campechano, rebosante de un amor y de un orgullo que yo no sabría describir. Sus honrados ojos se iluminan y centellean, como si los animara un sentimiento muy profundo. Su ancho pecho palpita complacido. Sus fuertes manos se juntan llevadas por la emoción; y recalca sus palabras con un brazo derecho que, a mis ojos de pigmeo, parece un mazo de hierro.
Ham estaba casi tan entusiasmado como él. Creo que me habrían contado muchas más cosas de la pequeña Emily si no les hubiera desconcertado la llegada imprevista de Steerforth, quien, al verme en una esquina conversando con dos desconocidos, dejó de canturrear y declaró:
–No sabía que estuvieras aquí, joven Copperfield –pues aquélla no era la sala donde los alumnos solían recibir visitas.
Y pasó junto a nosotros para salir de nuevo.
Ignoro si fue el orgullo de tener un amigo como Steerforth o el deseo de explicar a éste por qué conocía a alguien como el señor Peggotty, pero lo cierto es que le llamé. ¡Dios mío! ¡Cómo puede acudir todo esto a mi memoria después de tanto tiempo!