David Copperfield
David Copperfield –No se vaya, Steerforth, se lo ruego –le dije tÃmidamente–. Son dos pescadores de Yarmouth, gente muy amable y bondadosa, parientes de mi niñera; han venido a verme desde Gravesend.
–¡Ah, sÃ! –exclamó Steerforth, volviendo sobre sus pasos–. Me alegro de conocerles. ¿Cómo están?
Se movÃa con una gracia y con una soltura, lejos de toda arrogancia, que parecÃan hechizar a los demás. TodavÃa hoy tengo el convencimiento de que la distinción de su porte, su vitalidad, su voz melodiosa, la belleza de su rostro y de su figura, además de un atractivo innato (que muy pocas personas poseen), ejercÃan una fascinación sobre los demás a la que muy pocos se resistÃan. Me percaté de que el señor Peggotty y Ham le miraban complacidos, dispuestos a abrirle inmediatamente su corazón.
–Escriba en su carta, señor Peggotty –afirmé–, que el señor Steerforth es muy amable conmigo, y que no sé que habrÃa sido de mà en este lugar, si no hubiera contado con su ayuda.
–¡Qué tonterÃa! –exclamó Steerforth, riendo–. No ponga nada semejante.