David Copperfield

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–Y si el señor Steerforth va alguna vez a Norfolk o a Suffolk mientras yo esté allí, señor Peggotty –proseguí–, le prometo que lo llevaré a Yarmouth, si me lo permite, para que conozca su casa. Jamás ha visto otra mejor, Steerforth. ¡Está hecha con un barco!

–¿Con un barco? –dijo Steerforth–. ¡Qué casa tan apropiada para un pescador de pura cepa como usted!

–En efecto, señor, en efecto –contestó Ham, divertido–. Tiene usted razón, joven caballero. Señorito Davy, el caballero tiene razón. ¡Un pescador de pura cepa! Jo, jo… ¡Eso es lo que es!

El señor Peggotty estaba tan contento como su sobrino, si bien su modestia le impedía aceptar un cumplido personal de un modo tan ostensible.

–Está bien, señor –dijo, riéndose e inclinándose ante él, al tiempo que se colocaba las puntas del pañuelo que llevaba al cuello–; muchas gracias por su comentario. La verdad es que intento hacer mi trabajo lo mejor posible.

–¿Y qué más se puede pedir, señor Peggotty? –exclamó Steerforth, que ya se había aprendido su nombre.


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