David Copperfield
David Copperfield –Apuesto cualquier cosa a que también usted hace lo mismo –afirmó el señor Peggotty, moviendo la cabeza–, y seguro que muy bien. No sabe cuánto le agradezco, señor, su amable acogida. Soy un hombre sin educación, pero no tengo un pelo de tonto, o al menos eso creo, ¿me comprende? Mi casa es humilde, pero será muy bien recibido, señor, si alguna vez aparece por allà con el señorito Davy. Soy un verdadero caracol –exclamó (con esto querÃa decir que se sentÃa tan lento como ese animal, pues habÃa intentado despedirse al final de cada frase, sin conseguirlo)–; pero ¡les deseo buena salud y mucha felicidad!
Ham expresó idénticos sentimientos, y los cuatro nos despedimos con toda cordialidad. Aquella noche estuve a punto de hablarle a Steerforth de la pequeña y hermosa Emily, pero era demasiado tÃmido para pronunciar su nombre, y tenÃa demasiado miedo de que se riera de mÃ. Recuerdo que di muchas vueltas, bastante desasosegado, a las palabras que habÃa dicho el señor Peggotty: que se estaba convirtiendo en una mujer; pero decidà que aquello era una tonterÃa.