David Copperfield

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Llevamos el marisco, o el «acompañamiento» –según la modesta expresión del señor Peggotty–, a escondidas a nuestro dormitorio, y esa noche cenamos opíparamente. Pero el pobre Traddles no salió bien parado. Tenía demasiada mala suerte para terminar la cena como todos los demás. Aquella misma noche enfermó, y muy gravemente, por culpa de un cangrejo; y, después de tomar oscuras pócimas y píldoras de color azul, en dosis suficientes para matar a un caballo, tal como afirmó Demple (cuyo padre era médico), recibió una paliza y seis capítulos griegos del Nuevo Testamento por negarse a confesar lo ocurrido.

El resto del semestre es una maraña de recuerdos de nuestra lucha diaria por sobrevivir; del final de verano y del cambio de estación; de las mañanas heladas, cuando la campana nos sacaba de la cama, y de las noches, gélidas y oscuras, cuando teníamos que volver a ella; de la clase, apenas iluminada y caldeada por las tardes, y una enorme máquina de tiritar por las mañanas; de alternar la carne de vaca hervida con la carne de vaca asada, y el cordero hervido con el cordero asado; de las rebanadas de pan con mantequilla, de los libros de texto con las esquinas dobladas, de las pizarras resquebrajadas, de los cuadernos emborronados de lágrimas, de las palizas, de los golpes con la regla, de los cortes de pelo, de los domingos lluviosos, de los budines de grasa y de la sucia atmósfera de tinta que todo lo envolvía.


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