David Copperfield
David Copperfield Llegamos antes del amanecer a la posada donde se detenía la silla de posta (que no era la misma en que vivía mi amigo el camarero) y, una vez allí, me condujeron a un pequeño y agradable dormitorio con la palabra «Delfín» escrita en la puerta. Recuerdo que yo estaba helado, a pesar de haber tomado un té bien caliente delante de la enorme chimenea de la planta baja; y me sentí muy dichoso al acostarme en la cama del delfín, arroparme con sus sábanas y quedarme dormido.
El señor Barkis, el carretero, tenía que ir a recogerme a las nueve de la mañana. Me levanté a las ocho, algo aturdido por la falta de sueño, y estuve listo para partir antes de la hora señalada. El señor Barkis me saludó como si no hubiéramos estado ni cinco minutos separados, y yo hubiese entrado únicamente en el hotel para cambiar seis peniques, o algo parecido.
Tan pronto como mi baúl y yo nos acomodamos en el carro, y el señor Barkis en el pescante, el caballo se puso en marcha con su habitual parsimonia.
–Tiene usted muy buen aspecto, señor –dije, pensando que le gustaría saberlo.
El carretero se restregó la mejilla con una manga, y luego la miró como si esperara encontrar en ella algún rastro de su lozanía; pero esa fue su única contestación a mi cumplido.