David Copperfield

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Al tiempo que sugería su astuto plan, el señor Barkis me dio un fuerte codazo en el costado. Entonces echó el cuerpo hacia delante, como era su costumbre; y no volvió a mencionar el asunto hasta media hora después, cuando sacó un trozo de tiza de su bolsillo y escribió en el interior del toldo del carro: «Clara Peggotty», probablemente para no olvidarlo.

¡Qué extraño resultaba volver a una casa que ya no era la mía, donde todos los objetos traían a mi memoria la felicidad de mi viejo hogar, que no era más que un sueño desaparecido para siempre! Los días en que mi madre, Peggotty y yo vivíamos en total armonía, sin que nadie se interpusiera entre nosotros, se alzaban dolorosamente ante mí, mientras avanzábamos por el camino; así que no puedo decir si me alegraba de estar allí o hubiera preferido quedarme lejos y olvidarlo todo en compañía de Steerforth. Pero lo cierto es que allí estaba; y no tardé en llegar a casa, donde los gigantescos olmos, despojados de sus hojas, agitaban sus innumerables brazos con violencia en el aire glacial del invierno, y los viejos nidos de los grajos se balanceaban, destrozados por el viento.




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