David Copperfield
David Copperfield El carretero depositó mi baúl ante la verja del jardín y se marchó. Seguí el sendero que conducía a la casa, mirando hacia las ventanas y temiendo ver a cada paso cómo el señor o la señorita Murdstone se asomaban a una de ellas. Sin embargo, nadie apareció; y, cuando llegué a la puerta, entré con paso tímido y silencioso, pues sabía muy bien de qué modo abrirla sin llamar antes del anochecer.
Al poner los pies en el vestíbulo, ¡cuántos recuerdos infantiles despertó en mí oír la voz de mi madre en el interior del gabinete! Estaba cantando en voz baja. Y fue como si ya hubiera estado en sus brazos, escuchando la misma melodía, cuando era un bebé. La música era nueva para mí y, sin embargo, tan familiar, que sentí cómo me brincaba el corazón dentro del pecho; como un amigo que regresara después de una larga ausencia.
Pensé, por el modo melancólico y abstraído con que entonaba su canción, que se encontraba sola. Y penetré en la estancia con el mayor sigilo. Encontré a mi madre sentada junto al fuego, mientras amamantaba a un niño cuya manita apretaba contra su propio cuello. Tenía los ojos fijos en él y lo arrullaba. Y no me había equivocado, pues no había nadie más con ella.