David Copperfield
David Copperfield –Es usted demasiado joven para saber cómo cambia el mundo todos los dÃas –afirmó la señora Creakle– y cómo la gente que vive en él, desaparece. Pero es algo que todos debemos aprender, David, unos en la juventud, otros en la vejez, otros siempre, a lo largo de la vida.
La miré con gran seriedad.
–Cuando se marchó de casa al final de las vacaciones –prosiguió la señora Creakle, después de una pausa–, ¿estaba bien su familia?
Y tras un nuevo silencio.
–¿Estaba bien su madre?
Empecé a temblar sin saber por qué, y seguà con los ojos clavados en ella; pero ni siquiera intenté responder.
–Porque me entristece mucho decirle –continuó– que esta mañana hemos recibido la noticia de que se encuentra muy enferma.
Una especie de neblina se interpuso entre la señora Creakle y yo, y, por unos instantes, ella pareció desaparecer. Después sentà cómo las lágrimas abrasaban mi rostro, y volvà a verla con toda claridad.
–Gravemente enferma –añadió.
Ya lo sabÃa todo.
–Ha muerto.