David Copperfield
David Copperfield –No se apene más de lo debido –exclamó el señor Omer–. SÃ, el bebé ha muerto.
Mis heridas se abrieron de nuevo al escuchar aquella noticia. Dejé el desayuno casi sin probar, y apoyé mi cabeza encima de otra mesa que habÃa en un rincón. Minnie se apresuró a vaciarla, para que no manchara la ropa de luto con mis lágrimas. Era una joven bonita y de buen corazón, y apartó dulcemente con su mano los cabellos que me caÃan sobre los ojos; pero estaba muy contenta de haber casi terminado su trabajo, y además a tiempo, y mis sentimientos eran muy diferentes.
El ruido del martillo cesó en seguida, y un apuesto joven cruzó el patio y entró en la trastienda. Llevaba esa herramienta en la mano, y su boca estaba llena de pequeños clavos, que se vio obligado a coger con la mano para poder hablar.
–Hola, Joram –dijo el señor Omer–. ¿Cómo va eso?
–Bien, señor –replicó el joven–. Ya está terminado.
Minnie se ruborizó un poco, y las otras dos muchachas sonrieron.
–Pero ¿cómo? Entonces es que ayer por la noche te quedaste trabajando a la luz de las velas, mientras yo estaba en el club. ¿No es as� –preguntó el señor Omer, guiñando un ojo.