David Copperfield
David Copperfield –Sà –contestó Joram–. Como dijo que si lo acababa podÃa salir a dar una vuelta con Minnie… y con usted.
–¡Oh! Pensé que ibais a marcharos sin mà –exclamó el señor Omer, riéndose tan fuerte que empezó a toser.
–Como tuvo la amabilidad de decir aquello –continuó el joven–, puse todo mi empeño en terminarlo. ¿Me dirá lo que le parece?
–Por supuesto –respondió el señor Omer, antes de ponerse en pie–. Y ahora, pequeño –exclamó, volviéndose hacia mÖ; ¿le gustarÃa ver el…?
–No, padre –le interrumpió Minnie.
–Pensé que tal vez le agradarÃa, querida –dijo el señor Omer–. Pero quizá tengas razón.
Ignoro el motivo, pero comprendà que se referÃan al ataúd de mi querida madre. Jamás habÃa oÃdo cómo fabricaban uno, ni recordaba haberlo visto con mis propios ojos; y, sin embargo, adiviné la naturaleza de aquellos golpes y, cuando el joven entró, supe con certeza cuál habÃa sido su trabajo.