David Copperfield

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Cuando acabaron con la costura, las dos muchachas, cuyos nombres desconocía, cepillaron los hilos y recortes de sus vestidos, y se dirigieron a la tienda para ponerlo todo en orden y esperar a los clientes. Minnie se quedó atrás para doblar las prendas confeccionadas y colocarlas en dos cestas. Lo hizo de rodillas, tarareando una alegre canción. Joram, que con toda seguridad era su novio, regresó y le robó un beso mientras ella andaba ajetreada; mi presencia no pareció preocuparle en absoluto. Le dijo que su padre había ido a buscar el carruaje y que él tenía que estar listo en seguida. Entonces salió de nuevo; y Minnie metió las tijeras y el dedal en su bolsillo, clavó cuidadosamente una aguja enhebrada con hilo negro en la pechera de su vestido, y se colocó graciosamente el abrigo ante un espejito que había detrás de la puerta, en el que vi reflejado su rostro complacido.

Contemplé todo eso desde la mesa de la esquina, con la cabeza apoyada en mi mano, mientras reflexionaba sobre las cosas más dispares. El carruaje no tardó en detenerse en la entrada de la tienda y, tras haber colocado las cestas, me animaron a subir; los tres me siguieron. Recuerdo que era una especie de carricoche, semejante a los que utilizan para llevar pianos; estaba pintado de color oscuro y lo arrastraba un caballo negro de larga cola. Había suficiente espacio para todos.


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