David Copperfield
David Copperfield No creo que haya experimentado en toda mi vida (y quizá ahora sea más sabio que entonces) una sensación tan extraña como la de aquel día. Sentado junto a ellos, me preguntaba cómo podrían disfrutar de aquel paseo, después de haber realizado un trabajo como el suyo. No estaba enojado con ellos, sentía más bien temor; como si me hubiesen abandonado en medio de unas criaturas con las que no tenía nada en común. Eran muy alegres. El señor Omer se había sentado delante para conducir y los dos jóvenes, detrás. Siempre que el anciano decía algo, se inclinaban hacia él, cada uno por un lado de su rostro mofletudo, y parecían muy interesados por sus palabras. Supongo que también habrían hablado conmigo, pero yo estaba desconsolado en mi rincón; asustado de sus caricias y de su buen humor, aunque no alborotaran demasiado; extrañado casi de que Dios no los castigara por la dureza de su corazón.