David Copperfield

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Y, así, cuando hicieron un alto en el camino para que los caballos descansaran, y mis tres acompañantes comieron, bebieron y se divirtieron, fui incapaz de tocar nada de lo que ellos tocaban, y preferí no interrumpir mi ayuno. Por ese motivo también, al llegar a casa, me apresuré a salir del carruaje por la parte trasera; pues no quería seguir en su compañía delante de aquellas solemnes ventanas, que posaban sobre mí una mirada ciega, como unos ojos cerrados otrora luminosos. ¡Qué equivocado estaba al pensar que necesitaría imaginar algo muy triste para llorar a mi regreso! Me bastó con mirar la ventana del dormitorio de mi madre y, junto a ella, la de la pequeña alcoba que, en tiempos mejores, había sido mía.

Peggotty me abrazó antes de que llegara a la puerta, y me condujo al interior de la casa. No pudo contener su dolor al verme; pero en seguida se calmó, y empezó a hablarme entre susurros y a andar con todo sigilo, como si temiese molestar a los muertos. Llevaba mucho tiempo sin dormir. Se quedaba en pie toda la noche para velar a mi madre. Me dijo que, mientras su hermosa e infortunada niña estuviera sin enterrar, ella no la dejaría sola ni un momento.




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