David Copperfield
David Copperfield El señor Murdstone no me hizo el menor caso cuando entré en el gabinete; continuó sentado junto al fuego, llorando en silencio y meditando. La señorita Murdstone, muy ocupada en su escritorio, que estaba cubierto de cartas y de papeles, me tendió las frías uñas de sus dedos y me preguntó en voz baja, aunque no exenta de dureza, si me habían tomado las medidas para el traje de luto.
–Sí –fue mi respuesta.
–Y tus camisas –exclamó ella–, ¿las has traído a casa?
–Sí, señora. He traído toda mi ropa.