David Copperfield
David Copperfield Y ése fue todo el consuelo que me ofreció su firmeza. Estoy seguro de que, en semejante ocasión, fue un verdadero placer para ella hacer gala de lo que denominaba su dominio de sí misma, su resolución, su entereza, su sentido común y demás desagradables cualidades de su diabólico catálogo. Estaba especialmente orgullosa de su disposición para los negocios; y ahora lo ponía de manifiesto reduciendo todo a tinta y papel, sin permitir que nada la conmoviera. Pasó el resto de la jornada y los días siguientes, de la mañana a la noche, sentada delante de aquella mesa, escribiendo imperturbable con una pluma dura y áspera, dirigiéndose con la misma frialdad a todo el mundo, siempre entre susurros; nunca relajaba un músculo de su rostro ni suavizaba el tono de su voz; y su indumentaria jamás presentaba el menor desarreglo.
Su hermano cogía a veces un libro, aunque no parecía leerlo. Lo abría y lo miraba como si estuviera enfrascado en su lectura, pero se quedaba una hora entera sin pasar la página, y después lo dejaba y paseaba de un lado a otro de la habitación. Yo solía sentarme durante mucho tiempo con las manos cruzadas y los ojos fijos en él, contando sus pasos. Rara vez se dirigía a la señorita Murdstone, y jamás a mí. Era lo único que se movía, además de los relojes, en aquella casa silenciosa.