David Copperfield

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En los días que precedieron al funeral, vi muy poco a Peggotty, excepto cuando subía o bajaba las escaleras –pues solía encontrarla cerca de la habitación donde yacían mi madre y su pequeño– o cuando ella venía a visitarme por las noches y se sentaba junto a mi cabecera, mientras me dormía. Un día o dos antes del entierro (creo que fue un día o dos, aunque soy consciente de la confusión que reina en mi cabeza al evocar aquellas dolorosas horas en las que el tiempo simuló detenerse), me llevó al dormitorio de mi madre. Sólo recuerdo que bajo un lienzo blanco que cubría el lecho, en medio de una limpieza inmaculada y de un agradable frescor, parecía reposar lo que encarnaba el silencio solemne de aquella casa; y que, cuando Peggotty se disponía a retirar la sábana, yo grité: «¡Oh, no! ¡Oh, no!» y cogí su mano para detenerla.

Si el funeral hubiera sido ayer, no me acordaría mejor. La atmósfera que se respiraba en el salón principal, cuando crucé su umbral, el resplandor del fuego, el brillo del vino en las licoreras, la forma de los vasos y de los platos, el aroma ligeramente dulce de la tarta, el olor del vestido de la señorita Murdstone y de nuestros trajes de duelo. El señor Chillip se encuentra allí y se acerca a hablar conmigo.

–¿Y cómo está el señorito Davy? –pregunta con cariño.


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