David Copperfield
David Copperfield No puedo contestarle que muy bien. Le doy mi mano, que él retiene entre las suyas.
–¡Válgame Dios! –exclama el médico, con una débil sonrisa y cierto brillo en los ojos–. ¡Cómo crecen nuestros pequeños amigos! Crecen tanto que ya no los reconocemos, ¿no es cierto, señora?
Dirige esas palabras a la señorita Murdstone, que no le responde.
–Se han hecho grandes mejoras en esta sala, ¿verdad? –dice el señor Chillip.
La señorita Murdstone se limita a contestar frunciendo el ceño e inclinando ceremoniosamente la cabeza; el buen doctor, desconcertado, me conduce a una esquina con él y no vuelve a despegar los labios.
Si lo comento es porque nada me pasa desapercibido, no porque me preocupe de mà mismo (algo que no he hecho desde que regresé a casa). La campana empieza a sonar, y el señor Omer entra acompañado de otro hombre para ultimar los preparativos. Como Peggotty solÃa contarme, mucho tiempo atrás, de esa estancia habÃa salido el cortejo fúnebre de mi padre, en dirección a la misma sepultura.