David Copperfield
David Copperfield Allí estamos el señor Murdstone, nuestro vecino el señor Grayper, el señor Chillip y yo. Cuando salimos de la casa, los portadores del féretro nos esperan en el jardín; bajan por el sendero delante de nosotros, pasan los olmos, cruzan la puerta exterior y entran en el cementerio, donde tantas veces he oído cantar a los pájaros en las mañanas de verano.
Rodeamos la tumba. No es un día como los demás, y la luz tiene un color diferente, más triste y oscuro. Reina un silencio de lo más solemne, que parece haber sido traído por nosotros desde la casa con los restos que ahora reposan en la tierra; y mientras estamos allí, con los sombreros en la mano, llega a mis oídos la voz del pastor, muy lejana en el aire, aunque la percibo nítida y clara:
–«Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor».
Después oigo sollozos y veo, algo apartada de los demás, a nuestra fiel y bondadosa criada, la persona que más quiero en este mundo; y mi corazón infantil está convencido de que algún día el Señor le dirá: «Has obrado bien».