David Copperfield
David Copperfield Hay muchos rostros conocidos entre el pequeño grupo de asistentes; rostros que observé en la iglesia, cuando mis ojos curioseaban lo que allí sucedía; rostros que vieron por primera vez a mi madre cuando llegó al pueblo, joven y hermosa. No les presto atención –sólo me importa mi dolor– y, sin embargo, no puedo evitar verlos y reconocerlos a todos; incluso a Minnie, que nos contempla desde el fondo, allá a lo lejos, mientras lanza miradas a su enamorado, que se encuentra muy cerca de mí.
La ceremonia termina, recubren el ataúd de tierra y nos marchamos. Ante nosotros se alza nuestra casa, tan bonita como siempre; y no parece haber cambiado. Y está tan ligada en mi pensamiento a lo que acabo de perder que todo mi dolor pasado es insignificante al lado del que siento ahora. Pero me llevan a ella; el señor Chillip habla conmigo y, al entrar, me invita a beber un poco de agua; cuando le pido permiso para subir a mi dormitorio, se despide con la ternura de una mujer.
Insisto, es como si todo esto hubiera sucedido ayer. Otros acontecimientos más recientes parecen haberse alejado de mi memoria, flotando a la deriva hasta alcanzar la orilla donde algún día reaparecerán las cosas olvidadas; pero éste triste suceso sigue ahí, como una elevada roca en medio del océano.