David Copperfield
David Copperfield Sabía que Peggotty vendría a mi habitación. La tranquilidad sabática de aquellos instantes (pues parecía domingo, había olvidado ese detalle) nos favorecía. Ella se sentó junto a mí, en la pequeña cama; y, al tiempo que sujetaba mi mano entre las suyas, o la besaba o acariciaba, de igual modo que habría consolado a mi hermanito, me contó a su manera lo ocurrido.
–Hace mucho tiempo que su madre no se encontraba bien –dijo Peggotty–. Se sentía angustiada y no era feliz. Yo estaba convencida de que mejoraría cuando naciera su pequeño, pero no fue así: su salud se volvió más delicada y pareció deteriorarse día a día. Antes de que el niño viniera al mundo, le gustaba sentarse a solas y llorar; pero, después, solía cantarle con tanta dulzura, que una vez, al oírla, tuve la impresión de que su voz se elevaba en el aire hasta perderse en las alturas.
»Se volvió cada vez más tímida y asustadiza; y una palabra dura era un verdadero golpe para ella. Pero conmigo siguió siendo la misma. Mi querida niña, ella nunca cambió con su necia Peggotty.
Al llegar aquí hizo una pausa, mientras me daba suaves palmaditas en la mano.