David Copperfield

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–La última vez que la vi bien, tesoro mío, fue la noche en que usted regresó del internado. El día que se marchó de nuevo, me susurró: «Jamás volveré a ver a mi precioso hijito. Algo en mi interior me lo dice, y sé que es cierto».

»Desde entonces hizo cuanto pudo por mantenerse en pie; y, en más de una ocasión, cuando el señor y la señorita Murdstone la tachaban de frívola o irreflexiva, fingía creerlos; pero todo eso pertenecía al pasado. Nunca le había comunicado sus temores a su marido (sólo se atrevía a hablar de ellos conmigo), hasta que una noche, una semana antes de expirar, le dijo: «Querido, creo que me estoy muriendo».

»–Ahora me siento más tranquila, Peggotty –aseguró más tarde, cuando la ayudé a acostarse–. Mi pobre marido lo irá comprendiendo poco a poco, durante los próximos días; después, todo habrá terminado. Estoy extenuada. Si lo que siento es sueño, siéntate junto a mí mientras duermo; no me dejes sola. ¡Que Dios bendiga a mis dos pequeños! ¡Que Dios guarde y proteja a mi pobre hijo sin padre!

»Y ya no me separé más de ella –afirmó Peggotty–. A menudo hablaba con esos dos del piso de abajo, pues también los quería (ella no podía sino amar a quienes la rodeaban); pero, cuando se alejaban, se volvía hacia mí, como si sólo así pudiera encontrar reposo, y jamás se dormía de otro modo.


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