David Copperfield
David Copperfield Aparte del deseo de mejorar mis relaciones con las personas que me rodeaban (a excepción de Peggotty), ningún otro plan podrÃa haberme proporcionado mayor alegrÃa. El dolor de mi corazón pareció calmarse ante la idea de volver a ver aquellos rostros sinceros, felices con mi llegada; de encontrar nuevamente la paz de las dulces mañanas dominicales, cuando las campanas repicaban, los guijarros caÃan en el agua y las sombras de los barcos se abrÃan paso entre la bruma; de vagabundear con la pequeña Emily, contándole mis desgracias mientras buscábamos amuletos entre las conchas y los guijarros de la playa. Sin embargo, no tardé en inquietarme al pensar que tal vez la señorita Murdstone no diera su consentimiento. Pero también eso se solucionó en seguida, pues, mientras seguÃamos conversando, llegó ella para realizar una inspección nocturna de la despensa y Peggotty, con una osadÃa que me dejó perplejo, abordó directamente la cuestión.
–El muchacho no hará nada allà –afirmó la señorita Murdstone, escudriñando un bote de encurtidos–, y la ociosidad es la madre de todos los vicios. Aunque, en mi opinión, también perderá el tiempo aquÃ… y en cualquier otro lugar.
Peggotty estuvo a punto de contestarle de malos modos; pero, por cariño a mÃ, prefirió guardar silencio.