David Copperfield

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–¡Bah! –exclamó la señorita Murdstone, sin levantar la mirada de los encurtidos–. Lo más importante en estos momentos, lo verdaderamente primordial, es que nada moleste ni incomode a mi hermano. Supongo que lo mejor será decir que sí.

Le di las gracias, aunque sin manifestar la menor alegría, para que no retirara su consentimiento. Cuando vi cómo me miraba por encima del bote de encurtidos, no pude evitar pensar que había obrado con prudencia: sus ojos negros reflejaban tanta acritud como si hubieran absorbido todo el vinagre que el bote contenía. Pero el permiso fue concedido y jamás se retiró. Una vez transcurrido el mes, Peggotty y yo estuvimos listos para partir.

El señor Barkis entró en la casa para llevarse los baúles de Peggotty. Nunca le había visto franquear la puerta del jardín, pero en esta ocasión entró en la casa. Y, al cargar sobre sus hombros el de mayor tamaño y salir fuera, me dirigió una mirada que me pareció muy significativa, tratándose del inexpresivo señor Barkis.

Como es natural, Peggotty estaba muy afligida al abandonar el que había sido su hogar durante tantos años, el lugar donde había vivido con sus dos seres más queridos: mi madre y yo. Se había levantado muy temprano, asimismo, para pasear por el cementerio. Cuando subió al carro, se llevó el pañuelo a los ojos.


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