David Copperfield
David Copperfield Mientras continuó en esa posición, el señor Barkis no dio señales de vida. Siguió sentado en su sitio, en la misma postura de siempre, como si fuera un enorme muñeco. Sin embargo, cuando Peggotty empezó a mirar a su alrededor y a hablar conmigo, él asintió con la cabeza y sonrió varias veces. No tengo la menor idea de por qué ni para quién.
–¡Qué día tan hermoso, señor Barkis! –dije, por cortesía.
–No está mal –respondió el carretero, que generalmente medía sus palabras y rara vez se comprometía.
–Peggotty ya está muy bien, señor Barkis –señalé, para su satisfacción.
–¿Ah, sí? –exclamó.
Después de reflexionar sobre mis palabras, el señor Barkis la miró con aire sagaz.
–¿De verdad está bien? –inquirió.
Peggotty se echó a reír, y respondió afirmativamente.
–Pero ¿lo está, de verdad? –gruño el carretero, acercándose a ella y dándole un codazo–. ¿Está usted segura? Pero, de verdad, ¿se encuentra bien? ¿Eh?