David Copperfield
David Copperfield Y a cada una de esas preguntas, el señor Barkis se aproximaba un poco más a ella y le daba otro codazo; de modo que terminamos los tres amontonados en el extremo izquierdo del carro, y yo estaba tan estrujado que apenas podÃa respirar.
Cuando Peggotty le advirtió de mis apuros, el señor Barkis se apresuró a dejarme algo más de espacio y se alejó poco a poco. Pero no pude sino percatarme de que creÃa haber encontrado una forma maravillosa de expresar sus sentimientos, de una manera ingeniosa, agradable y picante, sin verse obligado a entablar conversación. Y lo cierto es que siguió riendo entre dientes durante un buen rato.
–¿De verdad está bien? –insistió poco después, volviéndose a Peggotty.
Y se acercó de nuevo a nosotros, hasta casi asfixiarme; y continuó haciéndolo una y otra vez, mientras repetÃa la misma pregunta con idéntico resultado. Al final, decidà ponerme en pie siempre que se aproximaba, con el pretexto de mirar el paisaje. Desde entonces, me fueron mejor las cosas.