David Copperfield

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El señor Barkis tuvo la cortesía de parar en una taberna expresamente para invitarnos a cerveza y a cordero asado. Allí volvió a sentir el deseo súbito de aproximarse a Peggotty, que estuvo a punto de atragantarse con la bebida. Sin embargo, a medida que nos acercábamos al final de nuestro viaje, tenía cada vez más trabajo y menos tiempo para galanterías; y, cuando pisamos el empedrado de Yarmouth, sospecho que las sacudidas y los traqueteos nos impidieron pensar en otra cosa.

El señor Peggotty y Ham esperaban en el lugar de siempre. Nos recibieron con mucho cariño y estrecharon la mano del señor Barkis, quien, con el sombrero echado hacia atrás y aire inexpresivo, les sonrió tímidamente y con piernas temblorosas. El señor Peggotty y su sobrino cogieron los dos baúles de Peggotty y, cuando íbamos a marcharnos, el carretero, muy solemne, hizo un gesto con el dedo índice para que me acercase a él bajo el arco de entrada.

–Todo ha ido bien –gruñó el señor Barkis.

Yo le miré a la cara.

–¡Oh! –contesté, tratando de decir algo muy profundo.

–El asunto no ha terminado todavía –me confió el carretero–. Pero todo ha ido bien.

–¡Oh! –exclamé de nuevo.

–Ya sabía que Barkis y sólo Barkis estaba disponible –prosiguió.


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