David Copperfield
David Copperfield –Sà –replicó.
–Creo que serÃa una buena idea. Asà tendrÃas siempre un caballo y un carro para venir a verme, y no te costarÃa nada.
–¡Pero qué inteligente es este niño! –exclamó Peggotty–. Eso es precisamente lo que llevo diciéndome este último mes. SÃ, mi amor; y creo que también serÃa más independiente, y trabajarÃa de mejor gana en mi casa que en la de cualquier otro. No sé si ahora serÃa capaz de servir en casa de unos desconocidos, Davy. Además, asà estaré cerca de la última morada de mi hermosa niña –continuó diciendo, pensativa–, y podré verla siempre que quiera; y, cuando llegue mi hora, podrán enterrarme cerca de ella.
Los dos guardamos silencio durante un rato.
–Pero, si eso contrariara a mi pequeño Davy, no volverÃa a pensar en ese matrimonio –añadió alegremente–. Aunque se hubieran publicado treinta veces las amonestaciones y tuviera el anillo en mi bolsillo.
–MÃrame, Peggotty –contesté–; ¿acaso no ves lo contento que estoy y cuánto lo deseo?
Pues lo anhelaba de todo corazón.