David Copperfield
David Copperfield –Está bien, vida mÃa –dijo Peggotty, dándome un achuchón–. He dado vueltas al asunto, noche y dÃa, y espero no equivocarme; pero seguiré reflexionando y pediré a mi hermano su opinión. Entretanto, será nuestro secreto, Davy. Barkis es un hombre bueno y sencillo, y si me esfuerzo en cumplir mis deberes de esposa, viviré «de verdad muy bien»; de lo contrario, sólo yo tendrÃa la culpa –concluyó, riéndose a carcajadas.
Esta alusión a las palabras del señor Barkis resultó tan oportuna y nos hizo tanta gracia que no pudimos evitar desternillarnos de risa; lo cierto es que estábamos de excelente humor cuando la casa del señor Peggotty apareció ante nuestros ojos.
Allà seguÃa, igual que siempre; aunque tal vez me pareció un poco más pequeña. La señora Gummidge nos esperaba en la puerta, como si no se hubiera movido de allà desde el dÃa en que salió a despedirnos. Nada habÃa cambiado en el interior, ni siquiera las algas del jarrón azul de mi dormitorio. Me dirigà al pequeño cobertizo y encontré los mismos cangrejos y langostas, con idéntico deseo de apresar cuanto encontraban a su paso, amontonados en el mismo viejo rincón.
Pero no se veÃa en ningún lugar a la pequeña Emily, asà que le pregunté al señor Peggotty dónde estaba.